Es viernes de dolores*

Viene desperezando el día por las lomas de los Alcores. Hay un brillo nuevo delineando el horizonte, un retorno a la memoria de la infancia que vuelve a nosotros con esos trazos de oro que comienzan a desentumecer el malva que se desprende del cielo hasta confundirse con el turquesa que viene apremiando al tiempo. Rizos de emociones acuden a enseñorear el azul que comienza a apoderarse del firmamento. Cielos que se van abriendo a la ilusión, miradas viejas que lucen chispeos en la infinitud del silencio de un convento, ecos de campanillas que van anunciando la muerte de la espera, la llegada del ensueño. Desde la calle, al otro lado de la barbacana donde un ciprés se irgue como coloso guardián del recogimiento asentado en sus muros centenarios, se adivinan pisadas recorriendo el mármol que desde hace siglos es testigo de oraciones y evocaciones. En el claustro reverberan los silencios. Los maitines todavía resuenan en los oídos, enredadera de oraciones que transgreden la razón, y las tocas blancas se convierten en pergaminos sobre los que se inscriben los recuerdos.

En la fachada blanca de la vieja casa, parcheada por el abandono y la desidia, se recoge la nostalgia de un pasado de esplendor. Un retablo cerámico, con la mirada inconfundible de la Virgen, se alza en el frontispicio del palacete. Sigue recibiendo loas y declaraciones de piedad popular. Una lámina mate ha reemplazado el brillo original de la porcelana o tal vez lo desluce el rostro imperecedero de María, la vecina más antigua del barrio. Una mujer se santigua y baja la visión. Es el respeto que aprendió de los suyos, de los que le antecedieron en la devoción. Se hace grande la luz del día. Las horas se van consumiendo lentamente. Se rezagan, en las estrecheces de las calles, las claridades. El tiempo parece detenerse en los umbrales de las casas de vecino que han sobrevivido a la desnaturalización de la fisonomía del barrio. Por un balcón se asoman las notas de la marcha Virgen del Valle. El aire se transforma en partitura. La musicalidad repta por el ambiente. Se aparece el vaivén rítmico de un palio decimonónico, transfigurado en la propia belleza de sus bordados. Esta fabulación es la simbiosis entre el deseo y la realidad, entre el ansia porque todo llegue y el entristecimiento del fin apresurado, del discurso precipitado del tiempo. De pronto, como por ensalmo, una andanada de fragancia golpea nuestros sentidos cuando se dobla la esquina. Alineados en la acera, los naranjos, no son dueños del florecer de sus ramas, sus copas verdes ven alterada su uniformidad cromática con la explosión albea del azahar. Es una conmoción, es el resorte que despierta nuestros instintos y  nos anuncia definitivamente el fin de la espera. La soledad de la calle propicia este acto de intimidad, esta fusión espiritual que viene a incrustar en el alma el renacer de la ilusión, la resurrección de la ciudad ante la exultante belleza que se precipita. Todo empieza consumirse. La memoria es un cirio que se adelanta a la Pascua, que se extingue en su propio gozo; es la cera que gotea para cercenar la nostalgia, la sensación melancólica que rasga el velo de las emociones y nos procura un renacer a la alegría. ¡Qué sustanciosa contradicción! Cuando debe imperar el dolor, cuando la contrición y la pesadumbre debieran cimentar los comportamientos, en la ciudad se instala la gloria. ¿Será que ya presentimos el gozo de la Resurrección?

Por la calle que termina donde el albor penetra por la luz de un Arco no veo más que sonrisas, brillos en los ojos, palabras que suenan a alabanzas, gestos que se alzan para glorificar su presencia entre nosotros. La alegría es un ir venir, un trasiego que tiene siempre un principio –no hay finales donde reposan sus ojos– frente a Ella. Ya se adivina la gloria en la Macarena. Los esplendores rinden pleitesía apenas se traspasa el umbral y la vida recobra el significado que procura su nombre. Este es el inicio. Aquí yace la pena y el dolor. Aquí se derrota la oscuridad y la tiniebla. Aquí se libra la batalla del amor. Aquí está la vida nueva, la anunciada por los profetas, la preconizada en las escrituras. Aquí se hace realidad la memoria. El tiempo sigue siendo una mentira cuando se enfrenta a Ella. Es viernes de Dolores en la Macarena. Otra vez, se hace dueña de nuestros sentidos y sólo nos queda sucumbir ante su fuerza. Se anuncia la Semana Santa en Sevilla. En la Macarena se asienta, por los siglos de los siglos, la Esperanza.

Foto de Fran Narbona

*A mi Lola por su santo

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en HERMANDAD DE LA MACARENA, SEMANA SANTA. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s