Adriana y la Virgen de la Esperanza

El templo sigue anegado por la melancolía del tiempo. Ahora todo parece pretérito, infinito, incluso la tranquilidad que serpentea por el ambiente. Las bullas y las aglomeraciones piadosas en torno a Ellos han quedado retenidas en los goznes de las puertas que separan el cielo del mundanal y rutinario acontecer que se instala en el exterior cuando el sol acrecienta y mortifica el recuerdo de las huertas. El suelo aún mantiene vivo los recuerdos de las pisadas que dejaron los armaos cuando tributaron pleitesía al Bendito Sentenciado, cuando sucumbieron, tras una noche de lanzas y rodelas enervadas ante las faltas de respeto y educación, a la miradas serena que todo lo puede, que todo lo acepta, porque en ella reside la bondad y la misericordia. Las paredes siguen impregnadas de las emociones que hicieron estallar los pulsos apenas unas horas antes. En el espacio, a poco que se presten los sentidos en poner atención, perviven los sonidos, las voces que emitieron piropos y oraciones, el tremolar de peticiones y deseos de felicidad, las lágrimas incontenibles que desata la pasión y el amor a la Virgen. Todo ésto, nuestros recuerdos, los besos que recibimos y los que dimos, los que están y se fueron a rogar por nosotros, a protegernos, habita en la Basílica de la Macarena, en la noche en la que la desolación intentará imponer sus influencias. ¡Baldío esfuerzo! En el fuero de los macarenos, de la gente de la Macarena, se arraiga la reciedumbre que nuestros antepasados inocularan en su propia sangre. Nada puede con ese amor aunque los pasos nos enseñen sus entrañas y marquen el inicio del tiempo de la Gloria, el de la Esperanza.

Adriana apenas tiene once años. Ha llegado de la mano de su madre y su abuela. La grandeza del templo se empequeñece con su presencia. Viene resolviendo todo con una sonrisa, un gesto que es capaz de deshabilitar cualquier tristeza. La mirada de la Virgen se hace cómplice de la de la niña. Guardan un secreto. En la inocencia de su proceder radica esta grandeza que tenemos la suerte de compartir todo los días. Esta candidez satisface cualquier esfuerzo; cualquier queja que podamos proferir cuando las circunstancias banales nos rodean y creemos que le mundo se acaba, tiene perdida la batalla cuando Adriana se acerca y contemplas la felicidad en su rostro.

Se encontraban tras un año. En aquella ocasión, cubría un pañuelo su cabeza. Las fuerzas precisas para abrirse paso y llegar hasta el mismo frontal que sirve de sagrario a Quién fuera tabernáculo donde Cristo reposó. Allí se apostó, adormilada por la medicación. Adriana se rehízo, recompuso su figura, cuando sintió la respiración de Divina Mediadora, la Hija del Padre Eterno. Levantó la visión y encontró la serenidad. Entonces se dio media vuelta y retornó al lugar discreto desde donde apareció. La Virgen bajó del paso. La reconoció. Pareció sonreír, ese giño que tiene María y que parece deletrear la frase contundente de la Esperanza nunca se pierde.  Adriana le contesta con un brillo en los ojos. Su madre y su abuela están detrás del muro de almas que solo presta atención al entrecejo donde se acuna la emoción y todo el amor de la Bienaventurada, esa devoción que tiene color de huertas antiguas y multitudes aclamándola en las mañanas del viernes santo, en el barrio que tiene su nombre. Velan sus rostros con lágrimas. Saben que lo que está sucediendo es acto agradecimiento y que debe hacerlo la niña, ahora totalmente restablecida del mal que intentaba oscurecer su existencia, acortar su vida.

La Virgen vuelve al lugar donde se La venera todos los días del año. Las hachetas iluminan el sendero por donde transcurre la pequeña comitiva que La escolta.  La joven, vencida por la emoción del momento, la acompaña asida de la manga que cuelga de su brazo, una escala por la que transita la Gracia que le ha sido concedida. La madre y la abuela sonríen cuando se la devuelvo. Adriana vuelve a girarse y cruza otra mirada, mezcla de amor y agradecimiento. Diga usted, me refiere con total seguridad la abuela, que se ha curado milagrosamente. Y así lo hago. La madre, la joven madre, añade: Diga usted también que mi hija vive gracias a la Virgen. Y así lo pongo.

Se marchan con la misma sencillez con la llegaron, sin estridencias, con la felicidad marcada en sus rostros. Han cumplido su promesa. En el día de la Gloria de la Resurrección, Adriana ha dado gracias a la Virgen de la Esperanza.

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