Recuerdos de un pregón de las Glorias

Hace aproximadamente un año. Todavía resuenan en mi interior los ecos de mis propias palabras, sonidos que perviven ya en mi memoria, que se mantendrán hasta que Dios quiera. Aún mantengo claras las imágenes de aquel día, las horas previas intentando memorizar las últimas frases, fijar el sentido que debía ofrecer a las palabras, el inútil propósito, yo prefiero la improvisación de los sentimientos. Conservo la alegría de observa los espacios enormes de las naves catedralicias, llenas de expectación por oír lo que este sencillo y pobre escribidor iba a pronunciar. Miradas fijas en el escenario, sonrisas cómplices que manifestaban apoyo incondicional, los nervios de mi mujer y mi hija, que no comprendían cómo podía mantener tanta tranquilidad ante lo que se me venía encima. Todavía no he encontrado explicación a esa serenidad. Mis hermanos, con ellos las figuras de mis padres, prendidos de los cimborrios del cielo –¡os eché mucho de menos! –, mi familia, mis amigos esos que nunca fallan, los de aquí y los que llegaron desde otras ciudades para compartir conmigo esa alegría inmensa de cantar y hablar de la Virgen, en esta ciudad que tanto sabe de María, donde Ella es Protectora, Mediadora y, no lo duden ustedes, Esperanza única de los mortales. Siguen prendidas en mi alma las palabras del Sr. Arzobispo, mi Pastor y Guía, cuando concluí mi intervención y yo me quedé vacío y no supe responder a tanta generosidad. O el abrazo del Delegado Diocesano para Hermandades y Cofradías donde fundimos nuestra consideración de cristianos con el aliento de aquella exhortación que hizo retomar mi aliento. Gracias Marcelino. También regresa hoy, con la memoria vencida por la emoción, la presentación que hizo el Teniente de Alcalde y Delegado de Fiestas Mayores y donde quedó impresa su personalidad, su buen hacer y esa sentir cofradiero que compartimos, un sentimiento que nos hermana en la fe y que tiene sede en la Macarena. Atadas también a mi memoria el aliento y la confianza depositada en mí por el Consejo General de Hermandades y Cofradía y cómo no, el apoyo incondicional de la Hermandad de la Virgen de la Cabeza que presidió y protagonizó el acto. Todo son recuerdos que guardaré en mi alma. Hoy todo queda como un sueño, un hermoso sueño.

Desde mi nombramiento, el día que Sevilla conmemora la reconquista de la ciudad por San Fernando, fueron meses de intensa actividad, de manifiestos y sencillos homenajes, de misas con intenciones hacia el pregonero, recuerdos sencillos que presiden y se asientan por los rincones de mi despacho. Aprendí, en aquel tiempo de vísperas, en aquellos meses que antecedieron al acto, que las hermandades de Gloria tienen mucho que decir en esta ciudad. Son memoria infinita del amor que se le dedica a la Madre de Dios, a la Bienaventurada, a la aclamada y venerada por generaciones, y mantienen viva la llama de sus devociones. Son eslabones de una sublime cadena que hacen posible la supervivencia de la memoria colectiva de quienes dejaron, en estas Corporaciones, algo más que su esfuerzo, su trabajo y dedicación. Dejaron sus vidas para que el bello testimonio de su amor al Amor de los Amores, tuviese continuidad. Ese fue mi propósito. Destacar esa labor callada, entrega sin límites, por sus hermandades, de las personas que las hacen posibles. A veces familias enteras que solo esperan la gratificación de saberse servidores de la Madre de Dios, unas veces Pastora de las Almas, otras Rocío que humedece el alma, o Salud de los enfermos o simplemente albor de Nieve que no deja corromper la ingenuidad de una niña que supo, gracias a Ellos, que nunca volvería a estar sola. Advocaciones que son Rosarios de la Alegría, que convierten en fiestas las calles de la feligresía, del barrio, por donde discurre la cofradía. Fue esa labor secreta, desconocida de esas personas, entregadas al servicio de la Iglesia, a difundir el mensaje de Cristo y las Bienaventuranzas que lleva consigo María, Mediadora entre Dios y los hombres, lo que quise destacar y homenajear. Puse en ello mi amor, mi limitada sapiencia, mis dotes de escritor. Con honestidad y sencillez. No busqué otra cosa que resaltar el de los sevillanos a María. Lo hice de la manera que sé hacerlo. Siendo yo.

Mañana, desde el mismo atril donde dispuse mis palabras y mis emociones, un buen amigo toma el relevo. Seguro estoy de su buen hacer. Seguro estoy que logrará emocionarnos, que nos pondrá el alma en vilo. Miguel Andréu pregonará a las Glorias de Sevilla. Cuando inicie tu plática habrá terminado mi tiempo. Ahora comienza el tuyo. Espero, con ansia y avidez que nos abras el corazón e injertes tus sentimientos, tu razón de fe y la fe de tu razón. María es centro de nuestras vidas. Por Ella reinan los reyes y con Ella encontramos la Esperanza.

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