Ionesco y el realismo sevillano.

Eugene Ionesco hubiera sido muy infeliz en esta ciudad pero eligió París, gracias a Dios, para desarrollar su vida literaria, donde la coherencia y el pensamiento mantienen su unción con la lógica y el respeto a los valores y la libertad y a los derechos de la ciudadanía. El dramaturgo rumano, repito, hubiera sido muy infeliz en esta ciudad porque habría tenido que rebanarse el seso para encontrar argumentos e historias con las que construir sus obras teatrales, donde el absurdo es el principal elemento argumental. Si en España, muchos años antes, Valle Inclán da los primeros pasos hacia el esperpento, con Luces de Bohemia, Ionesco concibe y da forma, junto a Samuel Beckett, recuerden Esperando a Godot, a nuevas tendencias del teatro dirigiendo sus pensamientos a la concreción de lo absurdo. Sus obras, mundialmente reconocidas, llevadas al cine algunas, sostienen la ruptura con la lógica, con la sensatez y la prudencia. La contundencia de sus textos sostiene que no hay tanta diferencia entre la sociedad y la magistral composición de sus obras teatrales y a los hechos se remite con el estreno, en 1950, de su obra La cantante calva. Y creo que lleva razón y necesitaba París para inspirarse.

En esta ciudad, donde las tasas del paro superan la media nacional, donde la industria ha sido demolida, en la acepción figurada y en la concreta del término también, donde las infraestructuras se quedan a medias, sin un servicio de tranvía amplio y que cubra las necesidades de los ciudadanos, sin nuevas líneas de metro, donde el comercio tradicional se ve obligado a cerrar, ante la inoperancia administrativa que se tapa los ojos y oídos ante la devastación de una su estructura comercial que en otro lugar del mundo, con la cultura necesaria y la coherencia precisa, se hubiera protegido, que facilita licencias a franquicias y a cincuenta metros limita, no perdón, suprime los veladores y cercena las esperanzas de mantener sus trabajos, y por ende sus familias, a unos sevillanos, donde los espacios culturales siguen en manos de fundaciones financieras y estamentos y empresas privadas, gracias a Dios, donde se permiten botellonas indecentes, que impiden el descanso a los vecinos, que hastían a los propios comerciantes y cuestan a los ciudadanos un verdadero capital, como diría mi padre, donde la permisividad a los ataques a las convicciones y creencias religiosas, esencialmente a la católica, son defendidos, cuando no aplaudidos por algunas instituciones municipales, donde a las hermandades se les impide celebrar actos con los que recaudar fondos para obras asistenciales –dar de comer, vestir, alojar e incluso ofertar empleos–, donde los jóvenes ven cercenados sus derechos a la vivienda, al trabajo y una diversión responsable, y tienen que emigrar a otros lugares del continente porque sus expectativas, en la ciudad que nacieron, crecieron y quieren, son muy escasas, con estas vicisitudes, con estos y otros muchos y graves problemas sociales, el grupo municipal de Izquierda Unida no se le ocurre otra cosa que volver a solicitar -¡qué pesados son con la misma cantinela!- el desenterramiento del General Queipo de Llano y su esposa de la Basílica de la Macarena, o hacer la vida imposible, desde sus medios y con sus cómplices, la vida a quienes profesan sus creencias religiosas, entre otras banalidades.

Quienes debían centrar sus preocupaciones en la situación dramática, por la que pasan muchos sevillanos, intentando fomentar la creación de puestos de trabajo y formar a quienes lo necesitan para acceder a ellos, pierden el tiempo en estas disquisiciones, en avivar el fuego del rencor, promoviendo este tipo de reivindicaciones.

Es fácil clamar en el desierto, en contentar a minorías extremistas que aúnan desinterés y falta de educación y valores, con proclamas populistas que no solucionan nada. ¿Dónde están estos incitadores del odio cuando la gente necesita comer, pagar las facturas o solucionando problemas sociales? Pues atacando a quienes, con sus escasos medios, dan de comer (comedores sociales que sostiene la Iglesia, a quienes denostan), ofrecen vestidos (Item), pagando facturas (Item), recibos de la luz e hipotecas.

Por favor, solucionen antes todos estos problemas, que para eso le eligieron. No ceben sus odios, con exhumación de unos huesos, ni distraigan los verdaderos y tangibles problemas del ciudadano con venganzas, en las hermandades o en quienes mantiene sus valores, siempre respetables y amparados constitucionalmente, como lo han hecho con la del Rocío de la Macarena. Si se incumple con la ordenanza, informen y denuncien pero no los traten como a presuntos delincuentes.

Ionesco, de haber nacido en Sevilla, hubiera terminado en Paris, donde es posible imaginar el absurdo, ponerlo en un escenario y consumar el magisterio sobre la idealización de algo impensable en la ciudadanía y su clase política. El absurdo no es más la  definición de lo que viene sucediendo en esta ciudad. El dramaturgo rumano, afincado en Francia, hubiera pasado inadvertido en la historia universal de la literatura de haber querido desarrollar sus escritos y estudios en Sevilla, a no ser que sus obras se basaran en el realismo absoluto.

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