Aniversario de Esperanza

Hoy vuelven a removerse los cimientos de las emociones, retornan las  convulsiones del alma para resarcir la memoria. Hoy vuelven a desandar los pasos de quienes siempre hemos sido gente de aquí, no de la fugacidad de la conveniencia ni del residuo de lo momentáneo. Hoy regresan a postrarse ante la Ella esos ojos que retienen tantos sentimientos en la nostalgia, tantas locuciones corriendo por sus venas como antes recorrieron el aire para encontrar soluciones a sus propias vidas. Hoy se trasmutan los sentidos en hechos palpables con nuevas ilusiones para retrotraernos al día en el que se instauró la certeza, vieja, antigua y siempre añorada, de la imposición de la presea que La reconoce como la Madre de Dios Verdadera-

Hoy regresan los cánticos y los salmos que recuperan del olvido las viejas y trabajadas manos de esa gente que no tenía mayor anhelo que cruzar sus miradas con quien era única dueña de su fe, de esas creencias que relatan los evangelios y que en este cahíz de tierra se completa con las palabras que tienen origen en el corazón, que trasmina el cuerpo para asentar en el alma el preclaro sentimiento que da el amor. Viejas manos que se aferran las medallas ungidas por besos que oxidan el rencor, que mantienen el aliento de quienes transmitieron la necesidad de poner en valor lo que era ya constancia y certeza la Realeza de la Virgen.

Hoy se instaura, otra vez, como cada día, cada mes, cada año, la verdadera presencia de la Bienaventurada en las cálidas paredes de su templo, de ese espacio construido con la abnegación de familias enteras que allí estaba Ella sustancialmente, con la veracidad que ofrecías sus propios ojos; que allí, frente a ellos,  se presentaba la Virgen como único y verdadero referente de sus existencias y desnudaban sus almas ante la Vecina más antigua, del barrio que lleva el nombre que lleva Ella. La que vieron sus padres atravesar las calles, La que sus abuelos sintieron en su más profundo ser como faro y guía de sus días, a La que se encomendaban, cada amanecer, cuando abrían las cancelas de sus huertas, cuando despejaban los mostradores de las cuarteladas de frutas, o limpiaban los mármoles donde se asentaba y disponía la recova, ¿verdad Paco?, porque el día concluía y los pasos se dirigían hacia las puertas que La guardaban y se postraban de rodillas y oraban a la Mujer que fue escogida por su pureza, la Madre del Mesías.

Hoy se revierte la memoria para hacernos comprender que el tiempo es una mentira, que no existe, que la gente de la Macarena, la que lleva implícita la razón del amor a Ella y que Ella nos corresponda, somos herederos de las emociones que nos fueron legadas para constatar la verisimilitud del mensaje, piadoso, sereno y enorme, con el Cristo, el Hijo de Dios que se deja. Sentenciar para instaurarlo entre los hombres, toma cuerpo y se transfigura en Ella, `que derrota a quienes intentan implantar la falsedad de una ejecutoria material, ignorante que suplantan el verdadero sentido que tiene saber que está presente, real y sustancialmente, que la Basílica que dedicamos a Ella, se llena de sus gracias, de sus bondades, de su Virtud como esencial y certero pronunciamiento de la fe, la que renovamos cada día cuando nos situamos en el acceso al cielo, que es su camarín, y glorificamos nuestra suerte de saber y constatar que allí está, aunque algunos se pronuncien e intenten rebatir la contundencia de esta Verdad y solo nos La presenten como referente material.

Hoy los macarenos nos postulamos para recordar. Hoy volveremos a retomar ese camino que hizo la Virgen, hace cincuenta y tres años, o hace tres años, cuando el tiempo se paró –veinticuatro horas junto Ella–, de la procesión que cambió el ritmo de muchas vidas, porque para eso sale María, para eso, para asentar las dudas y afianzar la fe, que nadie ponga en duda el valor de sus salidas, de los vivas, de la aclamaciones y los piropos, de los suspiros y los silencios, de las ofrendas y de los rezos. Y volveremos a sentir el peso de la medalla de la memoria, a recuperar los besos y las caricias de nuestros padres, los ojos vidriados de nuestros abuelos, apostados en un rincón del alma, asomándose a Ella a través de nosotros. Hoy vuelven nuestros antepasados a traspasar la frontera de las emociones, a sustanciarse en el propio ser que vieron y acariciaron, y volveremos a reconocerlos en nuestros temblores, en nuestras lágrimas, en nuestras oraciones, en el rezo y el canto de la Salve. Generaciones enteras abarrotaran la Basílica  de la Macarena. Hoy vuelve, por más que algunos no lo reconozcan  e intenten disimularlo, a instaurarse la gloria del sentimiento macareno en nuestros corazones y vendrá la Virgen a reposar en nosotros y veremos, y constataremos, y nos sentiremos presos de la nostalgia y nos inundaremos de Esperanza.

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