De amaneceres y ocasos

Cualquier tipo de asesinato merece la repulsa y la condena de la sociedad. Mayoritariamente es una cuestión que no plantea dudas. Nadie tiene el poder suficiente para quitar el mayor de los derechos que Dios ha concedido al hombre, junto a su libertad: la vida. En ejercicio de esa libertad no se puede actuar cuando se cercena la alegría para implantar el dolor. No es justificable, en ningún caso, matar al semejante por el mero hecho de la discrepancia en el ideario político o para consecución de territorios unidos, supuestamente, a una identidad particular. Este hecho diferencial en los procederes folclóricos, sociales, étnicos o sentimentales de una región no puede venir a ocasionar la ruptura de la razón para imponer, por la violencia o el miedo, nuevas conductas o el establecimiento de regímenes autoritarios.

Hoy se cumplen veinte años del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un hecho trascendental en la historia reciente de nuestro país pues vino significar el inicio del fin de la banda terrorista ETA. Y si cualquier asesinato tiene recriminación y la condena por tan vil suceso, en este caso se dieron las circunstancias elementales para el desenmascaramiento de la mafia etarra, que bajo el pretexto de una ineficaz e innecesaria lucha armada para la autodeterminación y liberalización del pueblo vasco, mostró su verdadero rostro con esta acción de venganza. Menos los de siempre, Herri Batasuna y sus adláteres, movilizó a todas las fuerzas democráticas de la nación, incluyendo a los propios vascos, en pos de la recuperación de los derechos civiles y la libertad de expresión que se había diluido por mor de la implantación del derecho del terror. Miguel ángel Blanco sí fue una víctima más. Pues claro. De las cerca de mil que en su historial mantiene ETA en su haber. Por cierto, que el cuarenta por ciento de los crímenes siguen sin esclarecerse. Pero hay un hecho diferencial en este atentado al mundo libre. Fue ejecutado en clara venganza por el éxito de la policía y guardia civil en la liberación de Ortega Lara y anunciada su muerte por sus captores.

Es una pena que se trivialice con las vidas humanas. No se hizo así, creo recordar, con los cinco abogados que cayeron vilmente asesinados en sus propios despachos por defender a trabajadores o intentar hacer valer los derechos esenciales señalados en la declaración de los derechos del hombre. Un acto que sembró de solidaridad frente a esas fuerzas reaccionarias que intentaban boicotear la apertura política de España, un clamor popular que necesitaba un cambio radical y la construcción de una nación abierta al pensamiento ay la razón. Esos cinco abogados fueron héroes que marcaron el proceso aperturista y ventanas de aire fresco donde se removió la Transición. Alguna vez lo he manifestado de esta humilde tribuna. España reconoció el altísimo peaje que pagaron por defender la libertad y el derecho en este país donde a veces se obvia, y hasta se intenta sacar provecho miserablemente de ello, que las víctimas son las víctimas y los ejecutores los culpables. No al revés. Y sea cual sea el ideario político de quienes ejercen el terrorismo deben ser penalizados con la máxima dureza que permita la justicia.

Por eso me extraña que Manuela Carmena, y otros de esta banda de descerebrados, se nieguen a participar, incluso poder impedir, actos de reconocimientos a un hombre al que asesinaron sin escrúpulos ni sentimientos – hay estudios certeros sobre animales y demuestran la existencias de afectos y sentimientos – puso unanimidad en la ciudadanía española para lanzarse a la calle y pedir, con manos blancas y postulaciones de justicia,  el fin de los asesinatos y condenar a quienes ejercían la violencia para imponer sus idearios tiránicos.

La demagogia, señora Carmena, era el principal arma de los líderes soviéticos  o nazis. No juegue con las víctimas del terrorismo, cualquiera que fuera su ideario, ni mancille la memoria de los suyos, que también eran víctimas. O lo que es peor. No utilice a los asesinados de Atocha para establecer categorías de víctimas. No hay diferencias ni escalas sólo personas que fueron asesinadas, cobardemente, por no compartir ni ideario ni maneras para conseguir fines. Las comparaciones nunca son buenas y menos aún si tienden a la discriminación. Los muertos tienen el mismo rango. No nos tomen por tontos. Los que tenemos una edad, hemos llegado a la conclusión del perdón, pero no olvidamos a nadie y rezamos por todos. A ver si conseguimos, entre todos, una sociedad que disfrute de la paz, que olvide los miedos y deje de mirar atrás. El futuro siempre se encuentra en el horizonte, en los amaneceres; detrás casi siempre queda el ocaso poniendo fin al día.

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