Las palabras del día feliz

       constituc Éramos felices oyendo aquellas palabras, diseccionando un futuro que creíamos llegaría para sofocar cualquier mal, para implantar un modelo de vida donde la igualdad se nos presentara a todos con idéntica oportunidad, sin ambages ni discriminaciones. Todos en la misma posición y en la misma calidad de derechos. Palabras que serpenteaban por el aire, todavía viciado por una época oscura, triste y, a veces tenebrosa, para abrirnos el corazón a emociones nuevas, a luchas interclasistas, a desprendernos de una época desfasada. Eran palabras que taladraban el alma y nos llamaban a recuperar la libertad que nos fue arrebatada, o mejor, que les fue arrebatada a nuestros abuelos, a incendiar los viejos baldes donde se escondía la desproporción y la desigualdad.
Fundíamos el romanticismo, que aún anidaba en las almas de los jóvenes que en aquellos años claudicábamos ante las palabras impregnadas de esperanza, con la imposición de las proclamas que nos hundían en una euforia incomprensible, pero hermosa. La transversalidad de aquellos discursos, de aquellas nuevas emociones, nos llevan a la intensa credulidad de mantener la certeza que bajo el asfalta y los adoquines se descubrían playas, como lo proclamaban los jóvenes franceses, apenas unos años antes, por las calles Montmartre, mientras en los cafés se refugiaban, con los bolsillos llenos de panfletos, con máximas conceptuales e ideas utópicas con las que se construiría la constitución de un nuevo mundo, sin desajustes sociales, ni injusticias, ni sectarismos en los pensamientos, una república idílica.
Porque éramos jóvenes necesitábamos cambiar el mundo, ampliar las horas de los amaneceres y elevar, a la gloria espiritual, el concepto de libertad, abrir los nuevos azules de cielos limpios, desempolvar idearios que no eran más que referencias, profanar las conductas y airearlas las habitaciones donde la reciedumbre se había instaurado. Porque éramos jóvenes nos manifestábamos con fuerza en las calles para instaurar, para recuperar, nos decían, esa sociedad del bienestar que nos habían sustraído, que había sido aniquilada con la pronunciación militar que instaura una dictadura y un tiempo de oscurantismo. Porque éramos jóvenes ansiábamos establecer un nuevo orden de justicia, un nuevo concepto de sociedad y una vida moderna y equitativa que debíamos a nuestros padres.
Sentimientos nuevos que teníamos en nuestros corazones. Palabras que vertíamos con alegría y sinceridad. Porque creíamos en ellas, las pronunciábamos, las extraíamos del alma para verterlas en el nuevo concepto de sociedad que se nos presentaba. Palabras y juventud eran signos de progreso, en aquel tiempo sin contaminación, todavía con el ideario limpio, sin contagios de intereses partidistas ni viciada por la necesidad de sobresalir, de imponer o, lo que es peor, de aprovecharse de un rango para beneficio propio.
Porque éramos jóvenes y todavía incautos, fuimos parte del enjambre que fue capaz de construir una nación nueva, sin fisuras, sin rencores por viejas deudas, sin estremecimientos en la cesión, no ya de derechos inherentes, sino de sentimientos que no podían volver a enfrentarse. Creímos en las palabras y fuimos valientes. Tal vez porque éramos jóvenes; tal vez porque los tiempos eran otros y necesitábamos de aquella pureza; tal vez porque fuimos elegidos, en aquellos días cálidos y gratos de ilusiones y horizontes por descubrir, para ser testigos y parte de la nueva España y no tuvimos miedo a despegarnos del mundanal ruido y la comodidad que ya se presentaba.
Y así, porque creímos en las palabras, en los signos que representan, porque no fueron escritas en el viento, se fueron trasladando al blancor de un papel, fundiendo las emociones, los sentimientos, las necesidades, las urgencias, la cesión, deshaciendo rencores y provocando reencuentros, aunando sentires y diversidades de las tierras que conforman esta nación, este país, se concretó el libro donde se recoge todo ello: la Constitución.
Porque éramos consecuentes en la felicidad y en la grandeza de las palabras, hoy a pesar de los pesares y algunas mentes que ingratas, hay jóvenes que saben que tienen garantizados sus derechos. Nosotros, los jóvenes aquellos que hoy sobrepasamos los cincuenta, seguimos creyendo en la grandeza de aquellas palabras, aunque nos hayan desilusionado algunos comportamientos de quienes deben dar ejemplo. Pero ése otro cantar.

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Acerca de lasevillanuestra

Escritor. Espero siempre una respuesta. Añoro la sinceridad de quienes se dicen tus amigos. Algunas veces sueño y entonces vivo
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