Morenita y pequeñita

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Yo lo descubrí. He tenido la gran suerte de obtener su protección, la salvaguardia de mi palabra. Mi pregón fue presidido por Ella, la Reina de Sierra Morena, Morena de luz de luna, en el olivar del cielo. Gracias a la Virgen pequeñita de la Cabeza. Seguir leyendo

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El figurón

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Gente que se nutre de la apariencia, de la importancia que subyace en tener un número bajo en la nómina de hermanos y luego no se preocupa de lo que les sucede a sus hermanos; kofrades que si no salen con una vara, en la procesión, prefieren no realizar la estación de penitencia, por no decir que pueden mancharse la túnica o el calzado si portan un cirio. Seguir leyendo

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No te tocaba, Fernando, no te tocaba.

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Hoy no hemos tenido tu entrada en Facebook, por eso me atrevo, recordando el sonido y el ímpetu de tu voz, llamándonos a la alegría, a la valentía, a tomar el martillo, temblándome el pulso. Hoy amigo, emocionado, alzo el dragón derrotado por la Esperanza. ¡Atentos! Voy a llamar. Fernandoooo. Por los que están cielo! ¡A ÉSTA ES!
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Jugar a los pasitos. El enemigo está dentro

            jugar a los pasitosHace ya algunos años que venimos sufriendo ataques contra el ejercicio libre, y por supuesto individual y colectivamente, profesar nuestras creencias, un derecho que se recoge en la misma Constitución, en vigor a día de hoy.

            Los católicos nos vemos obligados a defender nuestra fe ante las ofensivas de ciertas fuerzas políticas que se obstinan en recortar los derechos, todavía no sé por qué, de profesar la fe en Dios. Es un ejercicio espiritual particular que a nadie debe molestar, como no molestan quienes se proclaman ateos porque es una decisión individual, y por ello no se les intuye pérdida de valores, ni se les conmina a esconder sus pensamientos porque no coinciden con los nuestros. Allá ellos. Pero intentar restringir los derechos que nos asisten como ciudadanos es una muestra de intolerancia.

            En el ayuntamiento, entre esa minoría que forma del gobierno municipal, ya se han elevado voces, y peticiones que intentan cobrar su colaboración en la ocupación irregular del poder, para retirar la participación institucional del consistorio en cofradías, una petición en la subyacen, digan lo que digan, den paso atrás o no lo den, otras intenciones, que vendría a posteriori, rebajar la sentimentalidad de la mayoría de los sevillanos, viendo cómo se suprimirían, del nomenclátor de la ciudad, aquellas calles con nombres de titulares de las cofradías, o personas que por su vinculación con la religión católica, figuran en la nómina del mismo. Es un ejercicio intolerancia, porque la mayoría de los ciudadanos, esa mayoría que se ningunea con pactos, no están por la labor de retirar nominaciones para que se rotulen con otros que nada o casi tienen que ver con la historia de esta ciudad. Son conductas que obedecen a un antiguo plan de desacralización, sumergido en la ignorancia de apolilladas ideologías que culpabilizan a la Iglesia de sus complejos y a las hermandades de subyugar el pensamiento de sus componentes. Como si fueran tontos. Una cosa sí que mantienen. La coherencia en sus planteamientos. Equivocados, trasnochados, desorientados. Llamémosle como queramos, nos asombremos o escandalicemos con sus propuestas. Pero son coherentes en sus actuaciones.

            Pero vengo observando, desde hace algún tiempo, que el problema lo tenemos en casa. No hace falta, y creo que se han dado cuentan los detractores, que vengad de fuera para cargarse la principal fiesta RELIGIOSA de la ciudad. No, no se me ha quedado la tecla de la mayúscula cogida. Esta intencionalidad viene dada para esclarecer el origen de nuestra mayor celebración religiosa. La Semana Santa  de Sevilla es una protestación pública de la fe. Aunque a algunos le extrañe. Cierto que en ella se conjugan muchos factores que la hacen única, que la convierten en una perfecta manifestación de los sentimientos del creyente, de una forma peculiar de llegar a Dios. Hay mucho sentimiento, demasiada entrega, dedicación durante siglos y emotividad en las actuaciones para que vengan, unos despreocupados, a banalizarla, a convertirla en una especie de manifestación laica.

No entiendo a aquellos que no tienen consideración en particularizar sus aficiones Kofrades, tampoco es un error ortográfico esta acepción con la que Carlos Colón denominó a quienes quieren apartar la fe de las cofradías, y montan sus propias asociaciones para colmar sus frustraciones, sus ansias de destacar. Tal vez no les basta con ser un uno más en la hermandad, o participar sin que sus nombres salgan a la luz, como lo han hecho siempre quienes amaban a Dios para hacer grandes sus corporaciones. No les vale el sentimiento ni el amor. Quieren destacar como sea y hacerse notar, sobresalir para aparentar lo que no son, lo que no pueden llegar a ser, bien por inaptitud o por soberbia. Les falta humildad para encauzar toda esa creatividad. El ego les supera porque sus órdenes en la vida vienen marcadas por la prepotencia y por la megalomanía.

Lo del sábado pasado no tiene nombre. Una imagen que nada provocaba fervor alguno en quienes la veían; si acaso algún golpe de risa. Grandiosa banda de cornetas y tambores (no sé en qué pensaban la Vera Cruz de Utrera), dos cuadrillas de costaleros, movimientos inapropiados del paso, acólitos. Ahora, los organizadores, quieren disimular sus culpas. Todo ese esfuerzo bien pudieran haberlo focalizado en una hermandad o en una ONG si sus problemas de conciencia no tienen a la religión como principal fin. En las hermandades se necesitan muchas manos y muchas ideas para realzar y dar gloria a Dios y su Bendita Madre. Dicen que les ha faltado experiencia, que su bisoñez en este tipo de asuntos, ha sido la culpable del lamentable espectáculo que ofrecieron. No están diciendo que no decaerán en sus propósitos, que nos amenazan con volver.

Si nadie pone pie en pared, si las autoridades civiles y eclesiásticas, no toman medidas, la religiosidad popular será un hito en el recuerdo. Las cofradías y hermandades deben participar también de esta repulsa y no brindar su patrimonio a estas asociaciones que tienen como fin el lucimiento, la banalización del creyente y la contracción de las mejores tradiciones religiosas.

Nos escandalizamos por las manifestaciones de los no creyentes, de sus actuaciones para desmantelar la semana santa de nuestra ciudad, sin darnos cuenta que tenemos el mal dentro y que el verdadero peligro radica en la permisividad de manifestaciones como las sufrimos. No todos podemos destacar, ni que nuestros nombres se inscriban, con letras de oro, en la memoria de las hermandades. Nuestro protagonismo radica en la conservación de los valores que nos fueron transmitidos, en la certeza de la creencia en Dios, como único y verdadero Creador y Redentor del género humano. Ellos, Dios, Cristo y María, son los principales protagonista en la película de nuestras vidas. Sin Ellos no hay más que especulación, vanagloria y presunción. Que nos cojan confesados.

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Meditación ante el Cristo de la Redención*

CRISTO DE LA REDENCIÓNHace unos días, el pasado domingo 14 de febrero, tuvo el honor de realizar la meditación, ante el Santísimo Cristo de la Redención, titular de la Hermandad de Nuestra Señora de las Mercedes de la Puerta Real. El acto se realizó en la capilla del Convento de las Siervas de Jesús, en la calle San Vicente. Fue un verdadero honor realizar la meditación y la posterior convivencia con las hermanas, muy gratificante. Mi más sincero agradecimiento al Hermano Mayor, Jesús Calvillo, y a su Junta de Gobierno por elegirme para realizar el rezo meditado ante el Señor que nos da la Vida.

El texto es el siguiente.

        Aquí estoy, Señor, con los sentimientos titubeando entre mis palabras, con las emociones zigzagueando en mi razón, luchando por sostener un momento de claridad en la mente para no perderme en la banalidad de la observancia física, perseverando por no caer en el desorden la incomprensión, en la frialdad de la mera contemplación artística, con la que te presentas ante nosotros, con la muerte asomada en los vértices de la cruz, amenazándonos con la espesura de las tinieblas, creyendo que te ha vencido, riendo en la ignorancia de un triunfo ficticio, tan cegada en su presunción que apenas vislumbra el resplandor de tu santidad reflejándose en los corazones de los hombres que siguen tus enseñanzas, el fulgor de la santidad con la que premias las almas puras, las que luchan constantemente para huir de la imperfección de nuestros actos.

        Aquí estamos, Señor, rendidos a tus plantas, sin saber que la vida rezuma en Ti, que eres la salvación que fue prometida en la Creación, la Redención del género humano ante el pecado y la maldad, el libertador que proclamaron los profetas, el Mesías que aparece en la Revelación del Antiguo Testamento como consecuencia de la necesidad de salvación de la humanidad. Tú eres el anunciado por ángel a San José: -y le pondrás por nombre Jesús: porque El salvará a su pueblo de sus pecados-.

¡Qué lejos, Señor, estamos de conseguirlo! Queremos engañarnos proclamando que Tu eres el Dios que todo lo puede, que todo lo da, pero la fuerza de esta enunciación no traspasa la comisura de los labios. Queda retenida la soberbia y la suficiencia. Con demasiada frecuencia nos valemos de ella para banalidad de la presunción, ignorando que nuestras acciones nos delatan impunemente porque ninguneamos al que necesita de nuestro auxilio, porque huimos y los abandonamos en el mismo monte de los Olivo, dándole un beso palabrero para luego entregarlos a la desesperación, para condenarlos a la soledad o, tal vez, y lo que es peor, a la arbitrariedad de la indiferencia. Nos vanagloriamos exultando tu nombre, anunciándote como el Dios del Perdón y del Amor, pero entramos constantemente en confrontaciones con nuestros hermanos, negándoles el perdón porque nos consideramos poseedores de la verdad, ofendiéndolos cuando llegan a nosotros con la intención de abrazarnos, negándoles la clemencia que nos solicitan, el apoyo que necesitan, y nos falta generosidad para ofrecer nuestra mano, humildad para reconocer nuestros errores, y tender lazos de amistad con quienes desean dejar de ser enemigos. Presumimos de la Misericordia pero no son más que alardes jactanciosos para mostrarnos ante quienes nos jalean, arrastrándonos por el fango de nuestras propias conveniencias, dando la espalda al camino que nos has señalado, la senda tortuosa y difícil, nunca dijiste que no lo fuera, por la que discurre el potencial de tu mensaje. No hace a falta más que mirar a nuestro alrededor para cerciorarnos de la constante negación a tu plan salvífico. El hombre, acomodado por sus propios intereses, no quiere tomar su cruz, ni apiadarse de sus hermanos más necesitados. No sé, Señor, si somos merecedores de tu gracia, del sacrificio enorme que hiciste para redimirnos, para librarnos del pecado. Hacemos propósitos de enmienda pero nos vence nuestra debilidad.

Aun así siempre estás dispuesto a recibirnos, siempre esperándonos. Ante ti se derrumban los mitos de la humanidad. El hombre ha sido vencido por su ego, por su prepotencia. Te ignora, Señor, y te crucifica constantemente con sus actuaciones, se subleva al mensaje salvífico que se muestra en tu rostro, en la dulzura de la entrega, en ese darse sin condiciones, sin más exigencias que la de amarnos los unos a los otros. Ahí sigues, Señor. Esperándonos. Paciente, sofocando la rendición ante el materialismo mundanal que da la espalda a quienes nos estás señalando constantemente. Ahí sigues, Señor, observando al hombre que prefiere sumergirse en las profundidades de su comodidad, asentarse en la dulzura del bienestar y cierra sus ojos, ignorando que se está adocenando en la ausencia de la caridad, que hay hermanos que sufren constantemente, que son apartados por su condición de pobreza, que sufren la soledad o que son aislados por sus pensamientos distintos.

Ahí estás, para recogernos, cuando te pedimos auxilio y gritamos que Te necesitamos, Señor. Nuestra debilidad  tiene cura si queremos realmente sanar. Con nuestra voluntad podremos desasirnos de los complejos que nos hacen aparecer como seres indefensos, sucumbiendo a la mentira de la orfandad, porque el Todopoderoso se ha erigido como Padre de la humanidad. Sólo por eso, por esa entrega sin límite, deberíamos corresponderle, desencajar los prejuicios de la tiranía de la razón y asirnos a los sentimientos, a las emociones que procura la alegría de sabernos beneficiados por la condición, proclamada desde el mismo instrumento del tormento, desde esa Cruz en la que te contemplamos, de ser hijos de Dios.

Ansiamos tus fuerzas, tu entrega sin medida. Queremos significarnos en Ti, no renunciar a tu mensaje, extenderlo entre quienes lo desconocen. Concretarlo con nuestras acciones, significa acatar la naturaleza divina de tu concepción, sin obviar que nuestros hermanos, esos que ninguneamos, son la ofrenda con la que podemos presentarnos ante Ti, el mejor bálsamo para sanar esas heridas que tanto nos conmueven cuando nos acercamos para orar, para rezar, para pedir, palabras que vacías, sin cuerpo ni significación, si nos obstinamos en no oír las tuyas. Si no lo hacemos, si somos incapaces de escuchar los gritos que sacuden nuestra conciencia, no podremos, ni debemos considerarnos cristianos, ni alardear de ser tus seguidores. Hemos de emplazarnos en la fortaleza que tiene su origen en ti y romper el asedio de la oscuridad, abatir la desidia y asirnos al compromiso, libremente aceptado por cada uno de nosotros, para poder implantar la Esperanza en el corazón de los hombres. No nos pides más de lo que Tú mismo entregaste; no nos exiges más que lo que nos has dado. Un corazón libre de pecado y la vida.

Crucificado, Señor, no quiero verte. Sé que depende de nosotros, de nuestras actitudes, de nuestras manifestaciones. Tenemos en nuestras manos desasirte de esa Cruz. Nos lo dices constantemente. Lucho conmigo mismo y ansío descubrirte caminando sobre las aguas de mi alma, vivo, resucitado. Siento, Señor, que todo tu esfuerzo tiene un premio en mí y que no sé cómo resarcir tanta gracia entregada, tanto amor derrochado, tanta misericordia concedida. Solo espero, Señor, hacerme digno de Ti, de esta Redención que se nos muestra y entrega sin exigir más que vaciar las bolsas del amor para inundar de amor los corazones que lo necesitan. Espero, Señor mío, Cristo mío, que esas manos que se abren al dolor, se desprendan del suplicio, y a pesar de mis faltas y carencias, me abracen y sostengan en el último de mis alientos.

Así sea.

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Para no votar más

       Lo que está sucediendo en este país no es una cuestión baladí ni tiene parangón durante el periodo democrático. Algunos intentan asemejarlo con los importantes pactos que formalizaron las fuerzas políticas de entonces, para la consecución de un bien común llamado España. Muchos fueron los sacrificios que se asumieron por todos, mucha la memoria que quedó aparcada para instaurar el nuevo orden político que fue demolido durante la segunda república y machacado en el periodo dictatorial que se prolongó durante casi cuatro décadas. Muchas fueron las heridas que quedaron restañadas y muchas las esperanzas que comenzaron a florecer. Era necesaria la colaboración entre todos y aparcar los intereses propios para aunar los esfuerzos en la consecución de una patria moderna, de una nación que añoraba los parabienes que se anunciaban en la nueva Europa en construcción. Nuevos tiempos para nuevas necesidades. La sociedad entendió las inmolaciones y prefirió aquellas alianzas, impensables sólo unos meses antes, para reinstaurar los órdenes democráticos que la violencia y la imposición autoritaria sustrajeron a nuestros abuelos y que nuestros padres aceptaron con un mal menor pare evitar la penuria y la miseria.

            Lo de ahora es distinto. Los movimientos políticos nada tienen que ver con la avenencia necesaria para cubrir las expectativas de un futuro próspero y consecuente de un país que necesita renovar la sangre política que la dirige. Ahora prevalecen los intereses particulares de los partidos que se niegan a sustraer sus posiciones de privilegio, a perder los asientos de poder con los que han sobrevivido en las dos últimas décadas. Nada es comparable en la historia. Todo lo más se repiten los hechos y casi siempre para desembocar en la catástrofe. Alguien dijo que el único animal que tropieza en la misma piedra dos veces. En este país somos especialistas en tropezones, en reiterar nuestros despropósitos, en ignorar la historia. Claro que quienes aspiran a dirigirnos ni tienen ni puñetera idea de ella. Y así nos va. Ni siquiera sabrán, porque son una nueva generación ajena a las luchas que se mantuvieron en aquellos años, que la Transición posibilitó lo que ellos ahora disfrutan y, tal vez, destruyan. No hay más que acudir a las hemerotecas y recuperar sus disertaciones y citas. En aquellos años, dicen, hubo un referéndum para su autodeterminación. Ignorantes. Lo que hubo fue una lucha, sin armas, para que a los andaluces no se nos restaran derechos, en la nueva España, con respectos a otras nacionalidades. Otro, otorga cuna a don Antonio Machado, en la vieja Castilla, en Soria, cuando el único lazo que mantuvo el poeta sevillano – s-e-v-i-l-l-a-n-o – con aquella gran tierra, a la que quiso, evidentemente, porque allí conoció la alegría de Leonor, fueron sus necesidades profesionales,  porque fue profesor de francés en el instituto que hoy lleva su nombre. Incultos. Y éstos son los que tienen que gobernar, proveer de cultura al pueblo y saciar las necesidades básicas como son el empleo y la vivienda. Lástima de tierra. No hay abnegación. Hay ansias de poder. Están más preocupados en ocupar los sillones que otras van a quedar vacíos y en promover actuaciones con idearios tan caducos como sus manifestaciones y actitudes, que en recuperar la situación de normalidad, eso que llaman sociedad del bienestar.

            La transición fue un motivo para recuperar la identidad de la nación sin menoscabo de las distintas identidades y pensamientos que comparten el territorio patrio, y se fundamentó en la sinergia del afán y en la idealización de lo concreto. Todo por el bien común. Ahora es distinto porque no hay ilusión. Nos la han robado. Y los que debieran traerla lo hacen cicateramente, con artificios y engaños, con señuelos de prosperidad y nuevas concepciones que no son más que redivivas ponencias de fracasos, de naufragios de idearios que nunca tuvieron más base que la utopía y que se anclaron en la necesidad de quienes siempre pierden. Fracturas que van horadando el espíritu y que instauró la desconfianza, en el mismo proletariado, hace decenios, cuando no un siglo. Situaciones políticas que han fracasado en otras latitudes, que han sumido a sus ciudadanos en la desesperación y en la miseria, nos la muestran como salvavidas y soluciones a nuestras urgencias.

            El tiempo da y quita razones. Las alianzas contra natura, de los intereses generales, y que vienen con imposiciones y exigencias, nunca han acabado bien. Y saben quiénes pagan siempre estos desbarajustes. Pues usted y yo. Y nuestros vecinos. Los sufridos ciudadanos que no tenemos ni voz ni voto en la construcción de un gobierno. Porque las urnas propiciaron una cosa muy alejada de lo que va a suceder y resulta que van a gobernar quienes perdieron. Para no votar más.

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Hotel California

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La última vez que oí “Hotel California” fue hace unos días, mientras escribía un pasaje del pregón de las Glorias y pensaba que aquella música hacía eterno a quienes la interpretaban y que los sueños anejos al recuerdo también se convertían en imperecederos. Una premonición de esta mala noticia. Seguir leyendo

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Teología de la mano

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Sentir para entender y entender lo que se siente. Eso es lo que nos transmitieron en aquellas semanas santas ya tan lejanas, tan apartadas en el tiempo y que la memoria viene a recuperarlas, una y otra vez, para resarcirnos de tanto y grandes despropósitos actuales. Seguir leyendo

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La sonrisa de los padres

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una alegría inmensa porque la memoria ha restituido la imagen de mi madre, joven, alegre y dicharachera, poniendo en el alfeizar de la ventana, las zapatillas y en la mesa del salón un platito con turrón y tres copitas de anís. No es nostalgia ni melancolía. Es felicidad. Es alegría porque los Reyes me ha obsequiado con estos momentos, con estas vivencia que están alojadas en el interior de mi ser y que retornan en este día. Seguir leyendo

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La ilusión inquebrantable de Arriate

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Si creen, con sus salvajes actos, que van a impedir que la buena gente de Arriate disfrute de su gran día, que los niños de Arriate no van a acostarse soñando con sus Reyes Magos, depositando sus merecidos regalos, a los pies de sus camas, es que son demasiado mezquinos e ignotos. O es que su infelicidad es tanta que no son capaces de entender que otros lo sean participando del gran misterio de la Epifanía. Seguir leyendo

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