¡¡¡YA VIENEN LOS REYES MAGOS!!!

            El cielo cobrizo del amanecer ya presagiaba la gran alegría, era la confabulación cromática del universo, el adelanto de la concreción de la magia que se acercaba al alfeizar de la ventana en forma de insinuada presencia. Ni siquiera los presagios y negros vaticinios de aquellas palabras, que le confirió en el rellano de la escalera su querido amigo sobre la terrena paternidad de los Reyes de Oriente, consiguieron amortajar su ilusión. La tranquilidad del ambiente, la claridad de la mañana, el sosiego de las primeras horas, no eran más que el maravilloso preámbulo de la gran tormenta emocional que se desataría así que las agujas del reloj cósmico marcaran la media tarde y las sombras comenzaran a invadir los espacios. Ni siquiera los años lograron minar su espíritu jovial, la sensación por encontrar un hálito de alucinación continuaba circundado su existencia, alimentando su sangre con la chisporreante alegría de unos ojos primados con la gracia de la ilusión explotando en la mirada de unos niños. Ni siquiera los años, preñados de madurez y alguna responsabilidad, le han privado de alcanzar aquel otero desde el que puede vislumbrar el horizonte cuando amanece y descubrir en el cetrino firmamento la reafirmación de la niñez, la recuperación de aquellos años que vienen ahora en blanco y negro, envueltos en el celofán de la memoria.

            Es una inquietud sobrenatural, la conciencia de que algo extraordinario e inaudito va suceder, lo que sobrecoge su ánimo, lo que le incapacita para pensar y razonar, lo que le habilita para desplazarse hasta lindes del país donde todo es posible y se construye desde una sonrisa. Desde la noche anterior guarda forzada vigilia y es incapaz de controlar el desasosiego que le produce la alegría. No mantiene ningún tipo de dudas sobre aquel prodigio que llega. Hay zapatos en los balcones que guardan la esencia de los años, que retienen los recuerdos de un primer sobresalto, que mantienen intacta la emoción y aunque el rocío de la madrugada lamine y encharole sus contornos para rejuvenecerlos, que saben ya de muchas presencias y de algunas ausencias que sobrevuelan la nostalgia, de otros que transmitieron la misma ilusión y que vuelven en el primer caramelo vuela hacia el balcón del cielo donde se han habilitado sus espacios para vernos cuando estallemos a los sentimientos.

            Es consciente de que ahora es él quien porta el testigo de la magia, de la gran responsabilidad de mantener viva la llama de la fantasía, en la creencia de que todo es posible desde la ilusión, porque eso les hará ser consecuentes en la razón, que el ensueño de los momentos mejores del año vendrá a consolidar el conocimiento y los acercará a la realidad del encantamiento y que habrá historias que parecerán sueños y sueños que se harán realidad. Sabe que la magia que va enraizando en su espíritu, y que se eleva hasta las mismas cotas  de la entelequia de los hechos imposibles, no es producto del paroxismo de la incultura provinciana, ni una obcecación por la carencia intelectual. Sólo sabe que nadie arrebatar los sueños que dentro de muy poco comenzará a ensañarse con la materialidad hasta vencerla y reducirla a sus cuarteles de invierno, que durante unas horas no habrá más mundo que el de la fantasía, el de la credulidad de unos ojos irradiando alegría. No permitirá que sea mancillado el universo donde crecen las quimeras, donde las fábulas van escribiendo una historia, donde los mitos recitan versos sobre estrellas que designan caminos y encuentros.

            Pronto reandará el camino, retomará la senda de la vieja vereda enlosada por la nostalgia, esa que sólo se muestra cuando se abren las puertas que dan paso a rutilante comitiva, y donde cada paso viene a mostrar una imagen de la vida que creíamos perdida, a desvestirnos de la túnica de la madurez y convertirnos, por el prodigio de la ensoñación, en el menudo niño que se mostrará, con sus brazos al cielo, suplicante y anhelante por alcanzar ese caramelo que le traerá la sonrisa de sus padres, aquel primer aluvión de amor que se formalizó la tarde de un cinco de enero, en la figura de los Reyes Magos, y que ahora contempla en la mirada extasiada de sus hijas.

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