Luz, queremos luz

            Si no llega a ser por la amortiguada caída de la tarde, por los resplandores vespertinos que se colaban por apertura del patio de mi casa y que llenaban de mortecina luz el pequeño salón, me hubiera juramentado, litigiado con el más gallo del corral, que nos encontrábamos en los albores del otoño. La temperatura invitaba a acomodarse en la mesa camilla, tomar un libro y placer, medio amodorrado, con la exacerbante lectura. Todo se asemejaba a los preludios de la festividad de los Santos, del día de difuntos,, en vez de acercarnos a la festividad de la clase trabajadora, fastos que celebraremos mañana Dios mediante, de la mejor forma que sabemos en esta tierra noble, descansando para hacer causa de ella.

            Nos están restando sensaciones. Estas alteraciones meteorológicas nos están privando de situaciones excepcionales que debiéramos poder disfrutar ya. Nos falta algo del calor que viene a certificar la cadente felicidad por esta feria que se nos ha ido sin que tuviéramos constancia fehaciente de su paso por nuestras almas. Ha desangelado el ambiente, contraído y menguado por esta lacerante crisis económica que nos está desquiciando, motivando imágenes en el Real propias de décadas pasadas. Nos está cercenando la primavera este anuncio de fríos inexplicables y lluvias inútiles, pues a nadie están beneficiando. Pero la naturaleza es poderosa e inaccesible –menos mal- para la condición humana. Cualquier lucha es baldía y no sólo nos queda la súplica providencial, en el mejor de los casos.

            La tarde de ayer trajo recuerdos a infancia dormida, a niños que sesteaban en los pupitres, como don Antonio Machado dibujó tan acertadamente en su poema, mientras la voz cansina del profesor merodeaba los oídos de los infantes y que no llegaba a profundizar en el poso de sapiencia. Ni siquiera llegaron los aromas a tierra recién regada, esa refrescante sensación que viene a mitigar los calores que secan los terruños y las raíces, que ascienden por los muros de la memoria hasta centrarnos en la concreción natural de los tiempos, que nos advierten de los cambios estacionales y nos previenen de los fríos que están por llegar o del sofoco que nos empieza a atosigar, porque ya estaban henchidos de agua los canales de la recuerdo.

            Era tarde para reclinar el espíritu en vez de comenzar a expandirlo en las luces nuevas de la mediada primavera, en convocar a la alegría y manifestar la certeza de esta época que viene con la retahíla melódica del mes de la Virgen -flores a Ella- y que con estas destemplanzas, con estas desarmonías del clima, más bien parecen retarnos a convocar oraciones de mármoles y estatuas donjuanescas, a remover la incipiente tierra que provoca bucólicas sensaciones hasta adormecer la vitalidad.

            Es hora de convocar luces, no de añorarlas, de asaltar las defensas tras las que se acorazan los fríos y repartir por el venero de las calles la jovialidad del ánimo, desprendernos de la manifiesta y grisácea sensación gélida con la quiere adulterarnos el pensamiento esta elongación invernal. Hemos de desasirnos de ella y convocar al duende de la primavera. Como muy bien dice mi amigo, el escritor Carlos Colón, “cada cosa a su tiempo. Pero quiero luz, mucha luz”.

Que los días comiencen a alargarse, Carlos, hasta que se desprendan y repten por esas fachadas que tú y yo sabemos, que guardan tanta gracia, tanta esperanza y tanto bien para el espíritu, por esas torres que otean los grandes horizontes y que se coronan de bronces, y pronto anunciarán la gran fiesta de Pentecostés, volteándose con el brío de la alegría de este descubrimiento del aleluya proclamado, por esas cales que se tornan doradas y se dejan abrasar por el sol en los mediodías de cantos corales de las cigarras, enjaretadas en los lomos de arbustos y árboles.

Luz, necesitamos la luz cegadora que nos remueva el espíritu, que nos centre la naturaleza que crece en el interior y que nos haga añorar la templanza del otoño. Cada cosa en su tiempo, ¿verdad Carlos?

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